David fue el segundo rey de Israel, un pastor de Belén al que Dios escogió para gobernar a su pueblo hacia el año 1000 antes de Cristo. Unificó las tribus, hizo de Jerusalén su capital y recibió la promesa de un reino eterno, que los cristianos ven cumplida en Jesús, el Hijo de David. Guerrero, poeta y pecador arrepentido, es uno de los personajes más humanos y más amados de toda la Biblia.
El pastor ungido
La historia de David empieza en 1 Samuel 16, cuando Dios envía al profeta Samuel a casa de Isaí, en Belén, para ungir a un nuevo rey. Samuel ve al hermano mayor, alto y bien parecido, y piensa que es el elegido. Pero Dios le corrige:
«porque Jehová mira no lo que el hombre mira; pues que el hombre mira lo que está delante de sus ojos, mas Jehová mira el corazón.»
Pasan siete hijos y ninguno es el escogido. Solo queda «el menor, que apacienta las ovejas». Cuando llega, Dios dice: «Levántate y úngelo, que éste es». Samuel derrama el aceite, y «desde aquel día en adelante el espíritu de Jehová tomó a David». Poco después, el joven entra al servicio del rey Saúl como músico: cuando el rey era atormentado, David tocaba el arpa y Saúl encontraba alivio.
David y Goliat
El episodio más famoso de su juventud es el combate contra el gigante filisteo en 1 Samuel 17. Armado con una honda, cinco piedras y una fe absoluta, David derriba a Goliat ante los dos ejércitos. Contamos esta historia con detalle en nuestro artículo sobre David y Goliat.
Jonatán y los celos de Saúl
La victoria le trae fama y también problemas. Las mujeres de Israel cantan: «Saúl hirió sus miles, Y David sus diez miles» (1 Samuel 18:7), y Saúl empieza a verlo como una amenaza. Al mismo tiempo nace una de las amistades más hermosas de la Biblia: «el alma de Jonathán fue ligada con la de David». Jonatán, hijo del rey, protege a David aun a costa de enfrentarse con su propio padre.
David tiene que huir y vive años como fugitivo en el desierto. Dos veces tiene a Saúl a su merced y dos veces se niega a matarlo (1 Samuel 24 y 26):
«Jehová me guarde de hacer tal cosa contra mi señor, el ungido de Jehová, que yo extienda mi mano contra él; porque es el ungido de Jehová.»
En los momentos más oscuros, cuando incluso sus hombres hablan de apedrearlo, el texto dice que «David se esforzó en Jehová su Dios» (1 Samuel 30:6). Cuando Saúl y Jonatán mueren en batalla, David no celebra: llora a los dos con un canto desgarrador (2 Samuel 1).
Rey en Hebrón y en Jerusalén
Primero lo reconoce la tribu de Judá, en Hebrón. Años después, todas las tribus acuden a él (2 Samuel 5):
«Era David de treinta años cuando comenzó a reinar, y reinó cuarenta años.»
David conquista Jerusalén, una ciudad neutral entre el norte y el sur, y la convierte en su capital. Allí sube el arca de la alianza entre música y fiesta, y el rey no se guarda nada: «David saltaba con toda su fuerza delante de Jehová» (2 Samuel 6:14).
La promesa de un reino eterno
En 2 Samuel 7, David quiere construir una casa para Dios. Dios responde, por medio del profeta Natán, con un juego de palabras lleno de gracia: no será David quien construya una casa a Dios, sino Dios quien le construirá una casa, una dinastía, a David:
«Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro; y tu trono será estable eternalmente.»
Esta promesa es una de las columnas de toda la Biblia. De ella nace la esperanza en un Mesías hijo de David.
El pecado con Betsabé
El rey que había sido fiel en la persecución cae en la comodidad del palacio. En 2 Samuel 11 toma a Betsabé, esposa de Urías, y para encubrirlo provoca la muerte de este soldado leal. El profeta Natán lo enfrenta con una parábola, y David responde sin excusas: «Pequé contra Jehová.» De ese arrepentimiento nace el Salmo 51, la gran oración de conversión: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio». De Betsabé nacería después Salomón. Contamos esta historia completa en Salomón, hijo de Betsabé.
Absalón: el dolor de un padre
El perdón no borró todas las heridas. La familia de David se rompe: violencia entre sus hijos y, finalmente, la rebelión de Absalón, que intenta arrebatarle el trono y obliga a su padre a huir de Jerusalén (2 Samuel 15-18). Cuando Absalón muere en la batalla, el rey no piensa en la victoria, sino en su hijo:
«¡Hijo mío Absalom, hijo mío, hijo mío Absalom! ¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalom, hijo mío, hijo mío!»
Pocas páginas de la literatura expresan con tanta verdad el dolor de un padre.
La muerte de David
Ya anciano, David proclama rey a Salomón y le da sus últimos consejos: «esfuérzate, y sé varón», y guarda los caminos del Señor (1 Reyes 2). Después, el texto lo despide con sobriedad:
«Y David durmió con sus padres, y fue sepultado en la ciudad de David.»
La vida de su hijo continúa en nuestro artículo sobre el rey Salomón.
El salmista y el antepasado de Jesús
La tradición atribuye a David buena parte del libro de los Salmos; setenta y tres llevan su nombre en el título. Los estudiosos reconocen que no todos proceden de su mano, pero él es el alma de esa oración. Su salmo más conocido empieza con la experiencia del pastor que fue: «Jehová es mi pastor; nada me faltará» (Salmo 23).
El Nuevo Testamento empieza llamando a Jesús «hijo de David» (Mateo 1:1). El ángel Gabriel anuncia que Dios le dará «el trono de David su padre» (Lucas 1:32), y la multitud lo recibe en Jerusalén gritando «¡Hosanna al Hijo de David!» (Mateo 21:9). San Pablo recuerda en Hechos 13 las palabras de Dios: «He hallado a David, hijo de Jessé, varón conforme a mi corazón».
Lo que su vida nos enseña hoy
David nos enseña que Dios no mira como mira el mundo: escoge al pequeño, al que nadie había llamado a la mesa. Nos enseña también que la grandeza no protege del pecado, y que el verdadero valor está en reconocerlo sin excusas y volver a Dios. Su vida entera es oración: canta en la alegría, clama en la persecución, llora en el pecado y en el duelo. Por eso la Iglesia reza cada día con sus palabras en la Liturgia de las Horas.
Si quieres conocer a David en sus propias palabras, lee el Salmo 23 y el Salmo 51, y luego recorre su historia en 1 Samuel. Descubrirás que el Dios que miró el corazón del pastor de Belén también mira el tuyo.