Cuando pensamos en Salomón, pensamos en sabiduría, en el templo, en la reina de Sabá. Pero antes de todo eso hay una pregunta más humana: ¿de dónde viene este niño? La respuesta está en uno de los capítulos más oscuros de la vida de su padre. Salomón es hijo de David y de Betsabé, y su nacimiento solo se entiende a la luz de un pecado grave, un arrepentimiento sincero y una gracia que Dios no retiró.
Una tarde en la azotea
El relato de 2 Samuel 11 empieza en un momento de descuido. Es tiempo de guerra, pero el rey se ha quedado en Jerusalén:
«Y acaeció que levantándose David de su cama a la hora de la tarde, paseábase por el terrado de la casa real, cuando vio desde el terrado una mujer que se estaba lavando, la cual era muy hermosa.»
David pregunta, y le responden que es Betsabé, hija de Eliam, «mujer de Uría Hetheo». Ya sabe que está casada. Aun así, la manda traer. Betsabé queda embarazada, y David, en lugar de detenerse, encadena un pecado con otro: intenta encubrirlo y, cuando no lo consigue, hace que Urías —un soldado leal— muera en el frente. La Escritura no suaviza nada. Después del luto, David la recoge en su casa, y el capítulo termina con una frase seca: «Mas esto que David había hecho, fue desagradable a los ojos de Jehová.»
Conviene leer esta historia con seriedad: el rey usó su poder para tomar lo que no era suyo.
«Tú eres aquel hombre»
Dios no deja a David encerrado en su mentira. Le envía al profeta Natán con una parábola: un hombre rico, con muchas ovejas, que le quita a un pobre la única cordera que tenía y que «teníala como a una hija». David se indigna y dicta sentencia contra el rico. Entonces Natán le da la vuelta al espejo:
«Entonces dijo Nathán a David: Tú eres aquel hombre.»
Lo admirable es la respuesta de David. No se justifica ni culpa a nadie: «Pequé contra Jehová.» Y la misericordia llega de inmediato: «También Jehová ha remitido tu pecado: no morirás.» De ese momento nace el Salmo 51, la gran oración de arrepentimiento que la Iglesia sigue rezando: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio; Y renueva un espíritu recto dentro de mí.»
Pero el perdón no borra todas las consecuencias. El niño concebido en el adulterio enfermó. David ayunó y lloró por él, y cuando murió, dijo unas palabras que han consolado a muchos padres en duelo:
«¿podré yo hacerle volver? Yo voy a él, mas él no volverá a mí.»
Salomón, el amado del Señor
Aquí la historia cambia de tono. El texto dice que David consoló a Betsabé, y luego añade:
«y parió un hijo, y llamó su nombre Salomón, al cual amó Jehová: Que envió por mano de Nathán profeta, y llamó su nombre Jedidiah, a causa de Jehová.»
El mismo profeta que había traído la reprensión trae ahora un nombre nuevo: Jedidías, que significa amado del Señor. Dios no pone a este niño bajo la sombra del pecado de sus padres. Lo llama suyo desde la cuna. Salomón, cuyo nombre evoca la paz, es la prueba de que el Señor puede escribir un capítulo de bendición después de uno de dolor.
Betsabé y Natán en la hora decisiva
Años después, con David anciano, la sucesión estaba en juego. Adonías, hermano mayor de Salomón, se adelantó: «Yo reinaré», dijo, y se rodeó de carros y jinetes. Fue de nuevo Natán quien actuó, esta vez junto a Betsabé. Le aconsejó ir al rey para salvar «tu vida, y la vida de tu hijo Salomón». Betsabé entró y habló con valentía:
«Señor mío, tú juraste a tu sierva por Jehová tu Dios, diciendo: Salomón tu hijo reinará después de mí, y él se sentará en mi trono»
David cumplió su palabra. El sacerdote Sadoc ungió a Salomón, sonaron las trompetas y el pueblo gritó: «¡Viva el rey Salomón!» La mujer que un día fue tomada sin poder decidir aparece ahora como una madre que defiende a su hijo y la promesa recibida.
La reina madre a la derecha del rey
En 1 Reyes 2 hay una escena llena de significado. Betsabé acude a Salomón, ya rey, para interceder por otra persona:
«Y el rey se levantó a recibirla, e inclinóse a ella, y volvió a sentarse en su trono, e hizo poner una silla a la madre del rey, la cual se sentó a su diestra.»
En los reinos de Judá, la madre del rey —la gebirá, es decir, la señora— ocupaba un lugar de honor y podía presentar peticiones ante el rey. Por eso la tradición católica ha visto en esta escena una imagen de María, la Madre del Rey Mesías, que intercede ante su Hijo. Es una lectura que muchos cristianos encuentran hermosa y que no exige forzar el texto: basta con contemplar a una madre sentada a la derecha de su hijo, escuchada con respeto.
En la genealogía de Jesús
La última aparición de Betsabé está en la primera página del Nuevo Testamento. Mateo, al trazar la genealogía de Cristo, escribe:
«y el rey David engendró a Salomón de la que fue mujer de Urías»
Mateo no esconde la historia; la nombra con delicadeza, recordando incluso a Urías. Jesús no desciende de una familia perfecta, sino de una historia con heridas, pecados y perdón. Esa es la buena noticia escondida en la vida de Salomón: la gracia de Dios es más grande que el pecado.
Mira el video de arriba, y si quieres conocer el resto de la vida de este rey, lee nuestro artículo sobre el rey Salomón. Y si esta historia te toca de cerca, reza despacio el Salmo 51: el Dios que llamó amado a Salomón también quiere escribir una historia nueva contigo.