Abraham fue el patriarca con quien empieza la historia del pueblo de Israel: un hombre de Mesopotamia al que Dios llamó, según la cronología tradicional hacia el siglo XIX antes de Cristo, a dejar su tierra y caminar solo con una promesa. Su historia se cuenta en Génesis 12 a 25. Importa porque de su fe nacen tres grandes tradiciones religiosas, y porque el Nuevo Testamento lo presenta como el padre de todos los que creen.
De Ur de los Caldeos a Harán
La Biblia nos presenta primero a Abram, hijo de Taré, en la ciudad de Ur, junto al Éufrates. Su familia emprende un viaje hacia Canaán, pero se queda a mitad de camino (Génesis 11):
«Y tomó Thare a Abram su hijo, y a Lot hijo de Harán, hijo de su hijo, y a Sarai su nuera, mujer de Abram su hijo: y salió con ellos de Ur de los Caldeos, para ir a la tierra de Canaán: y vinieron hasta Harán, y asentaron allí.»
El texto añade un detalle que pesa sobre todo lo demás: Sarai era estéril. Abram tenía riqueza y familia, pero no tenía futuro.
«Vete de tu tierra»
En Génesis 12 Dios irrumpe en esa vida:
«Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré;»
La orden va unida a una promesa triple: una nación grande, una bendición y una misión universal, porque «serán benditas en ti todas las familias de la tierra». Lo sorprendente es la respuesta, contada en una línea: «Y fuese Abram, como Jehová le dijo». Tenía setenta y cinco años. La Carta a los Hebreos resume ese momento con una frase que se ha convertido en definición de la fe: «salió sin saber dónde iba» (Hebreos 11:8).
Abram no fue un héroe sin fallos. Por miedo, en Egipto hizo pasar a Sara por su hermana (Génesis 12 y 20), y la Escritura lo cuenta sin disimulo. Pero también lo muestra generoso con su sobrino Lot, dejándole escoger la mejor tierra (Génesis 13), y bendecido por Melquisedec, el misterioso rey de Salem que «sacó pan y vino» (Génesis 14:18). La tradición cristiana vio en ese gesto un anuncio de la Eucaristía, y el Canon Romano todavía lo recuerda junto al sacrificio de Abraham.
Las estrellas y la alianza
Pasan los años y el hijo no llega. En Génesis 15, Abram se queja ante Dios con franqueza, y Dios lo saca de la tienda:
«Mira ahora a los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu simiente.»
Y entonces viene uno de los versículos más importantes de toda la Biblia: «Y creyó a Jehová, y contóselo por justicia.» San Pablo construirá sobre él su enseñanza de la justificación por la fe (Romanos 4). Esa misma noche Dios sella una alianza con Abram.
La espera, sin embargo, se hizo larga. Siguiendo una costumbre de la época, Sara le dio a su esclava Agar, y de ella nació Ismael (Génesis 16). Dios no abandonó a Agar ni a su hijo, pero la promesa seguía en pie para Sara.
Un nombre nuevo: Abraham
En Génesis 17, con noventa y nueve años, Abram recibe un nombre nuevo:
«Y no se llamará más tu nombre Abram, sino que será tu nombre Abraham, porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes.»
Sarai pasa a llamarse Sara, y la circuncisión queda como señal de la alianza. En Génesis 18, junto a las encinas de Mamre, Abraham recibe a tres visitantes misteriosos —la tradición cristiana ha visto aquí un eco de la Trinidad, como en el célebre icono de Rublev— y escucha una pregunta que sigue interpelándonos: «¿Hay para Dios alguna cosa difícil?» En ese mismo capítulo, Abraham intercede por Sodoma con una audacia conmovedora, regateando con Dios por los justos de la ciudad.
Isaac, el hijo de la risa
La promesa se cumplió cuando ya no quedaba ninguna esperanza humana (Génesis 21):
«Y concibió y parió Sara a Abraham un hijo en su vejez, en el tiempo que Dios le había dicho.»
Lo llamaron Isaac, nombre que evoca la risa: la risa incrédula de Sara se había convertido en risa de alegría. Contamos esta parte con detalle en nuestro artículo sobre Sara, embarazada a los 90 años.
La prueba del monte Moriah
Y entonces llega el capítulo más difícil. En Génesis 22 Dios le pide lo impensable:
«Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré.»
Padre e hijo suben juntos. Isaac carga la leña y pregunta dónde está el cordero. La respuesta de Abraham es a la vez evasiva y profética:
«Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío. E iban juntos.»
En el último instante, el ángel detiene su mano, y Abraham encuentra un carnero trabado en un zarzal. Llama a aquel lugar «Jehová proveerá». Este pasaje ha hecho sufrir a muchos lectores, y es bueno reconocerlo. La Escritura misma dice que era una prueba, y que Dios no quería la muerte de Isaac. Hebreos 11:19 añade que Abraham pensaba que Dios «aun de los muertos es Dios poderoso para levantar». Los Padres de la Iglesia, como san Ireneo y Orígenes, vieron en Isaac subiendo al monte con la leña una figura de Cristo con la cruz; pero donde Isaac fue perdonado, el Padre no se reservó a su propio Hijo.
Los últimos años y la muerte de Abraham
Sara murió en Hebrón, y Abraham compró la cueva de Macpela para sepultarla (Génesis 23): fue el primer pedazo de la tierra prometida que tuvo en propiedad. Después se ocupó de buscar esposa para Isaac, y así llegó Rebeca (Génesis 24). Su muerte se narra con una serenidad hermosa (Génesis 25):
«Y exhaló el espíritu, y murió Abraham en buena vejez, anciano y lleno de días y fue unido a su pueblo.»
Tenía ciento setenta y cinco años. Isaac e Ismael, los dos hijos separados por tantas tensiones, se reunieron para enterrarlo.
Abraham en el Nuevo Testamento
La primera línea del Nuevo Testamento lo nombra: «Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham» (Mateo 1:1). Jesús dirá que «Abraham vuestro padre se gozó por ver mi día» (Juan 8:56), y en la parábola del rico y Lázaro, el pobre es llevado «al seno de Abraham» (Lucas 16:22). María canta en el Magníficat la misericordia prometida «A Abraham y a su simiente para siempre» (Lucas 1:55). Santiago recuerda el título más tierno que recibió: fue «llamado amigo de Dios» (Santiago 2:23).
Lo que su vida nos enseña hoy
Abraham nos enseña que la fe no es tener todas las respuestas, sino ponerse en camino con Dios. Salió sin mapa, esperó durante décadas, se equivocó, volvió a confiar. El Catecismo de la Iglesia Católica lo propone como modelo de obediencia de la fe y lo llama padre de todos los creyentes. Su vida nos recuerda que ninguna espera es inútil cuando es Dios quien promete, que la edad o la esterilidad no ponen límite a su poder, y que lo que entregamos a Dios —aunque sea lo que más amamos— no se pierde: Él provee.
Si quieres acompañar a Abraham paso a paso, empieza por Génesis 12 y sigue leyendo el libro de Génesis en nuestro sitio. Y cuando la espera se te haga larga, sal de noche y mira las estrellas: el Dios que se las mostró a Abraham sigue cumpliendo sus promesas.