Hay promesas que llegan tan tarde que ya no sabemos si creerlas. Sara conocía bien esa sensación. Durante décadas había cargado con una palabra de Dios —que de ella saldría un pueblo— mientras su cuerpo envejecía y su esperanza se apagaba. Cuando por fin oyó que tendría un hijo, no lloró de alegría: se rió. Y esa risa, la de una anciana que ya no esperaba nada, es el corazón de una de las historias más tiernas de la Biblia.

Una promesa que tardó demasiado

Cuando Dios llamó a Abram en Génesis 12, le prometió una descendencia tan numerosa como las estrellas. Pero pasaron los años —veinticinco, para ser exactos— y el vientre de Sara seguía vacío. El texto es brutalmente honesto: «Abraham y Sara eran viejos, de edad avanzada; y a Sara le había cesado ya la costumbre de las mujeres» (Génesis 18:11). Humanamente, el asunto estaba cerrado. La biología había dicho su última palabra.

Es importante notar esto, porque Dios no espera a que las cosas sean fáciles. Espera, muchas veces, hasta que son imposibles — para que quede claro de quién es la obra. Como escribió Pablo siglos después, Abraham «no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto» (Romanos 4:19). El milagro solo brilla cuando la noche es total.

La risa que nació de la duda

En Génesis 18, tres visitantes llegan a la tienda de Abraham, y uno de ellos anuncia: «De cierto volveré a ti… y he aquí que Sara tu mujer tendrá un hijo». Sara, escuchando detrás de la puerta, se ríe para sus adentros. No es una risa alegre; es la risa amarga de quien ha dejado de esperar.

«¿Hay para Jehová alguna cosa difícil?»

Así responde Dios (Génesis 18:14). La palabra hebrea traducida como «difícil», palá, significa también «maravilloso» o «demasiado extraordinario». No es un regaño, sino una puerta que se abre: nada queda fuera del alcance del que hizo el cielo y la tierra. Curiosamente, Abraham también se había reído antes, cayendo sobre su rostro (Génesis 17:17). Dios no despide a los que dudan; camina con ellos hasta que la duda se vuelve asombro.

Isaac: «él ríe»

Y sucedió. «Visitó Jehová a Sara, como había dicho» (Génesis 21:1). A los noventa años, Sara dio a luz un hijo, y Dios mismo escogió su nombre: Isaac, en hebreo Yitzhaq, «él ríe». Cada vez que Sara pronunciara el nombre de su hijo, recordaría su propia incredulidad — y la fidelidad de Dios que la venció.

Entonces la risa cambia de sentido:

«Dios me ha hecho reír, y cualquiera que lo oyere, se reirá conmigo.»

Esa es la frase de Génesis 21:6, y es una de las más hermosas de todo el Antiguo Testamento. La misma boca que se rió de incredulidad ahora se ríe de puro gozo. Dios no borró la risa de Sara: la redimió. Como decía Spurgeon, la fe verdadera muchas veces empieza tartamudeando y termina cantando.

La fe que Dios contó como justicia

El Nuevo Testamento no olvida a Sara. En el gran capítulo de la fe leemos: «Por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir… por cuanto creyó que era fiel quien lo había prometido» (Hebreos 11:11). Lo que Dios recordó no fue su risa nerviosa, sino su fe final. Y en Romanos 4, Pablo presenta a esta pareja anciana como el retrato de todo creyente: personas «plenamente convencidas de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido» (Romanos 4:21).

Ahí está la lección para ti. Quizá cargas una promesa que parece haber caducado: una oración sin respuesta, un sueño marchito, una espera que ya duele. La historia de Sara no promete que Dios hará exactamente lo que imaginas — pero sí revela quién es. Un Dios que cumple, aunque llegue cuando ya nadie espera. Un Dios para quien no hay nada demasiado maravilloso.

Y toda esta historia apunta más allá de Isaac. De esta descendencia imposible vendría, generaciones después, otro nacimiento aún más asombroso: el de Cristo, hijo de la promesa. El Dios que abrió el vientre de Sara es el mismo que abrió una tumba sellada.

Lee la historia completa en Génesis 17, 18 y 21, o escúchala despacio en el video de arriba. Y cuando tu propia promesa parezca demasiado tarde, recuerda la pregunta que nunca ha dejado de ser cierta: ¿Hay para Dios alguna cosa difícil?