San Pablo fue un judío de Tarso que pasó de perseguir a los cristianos a ser el mayor misionero de la Iglesia primitiva, después de que Jesús resucitado se le apareciera en el camino de Damasco hacia el año 34 o 36. Recorrió miles de kilómetros anunciando el Evangelio a los no judíos y escribió cartas que forman casi la mitad de los libros del Nuevo Testamento. Sin él no se entiende cómo una pequeña comunidad de Jerusalén llegó en una generación hasta Roma.

Saulo de Tarso, fariseo celoso

Pablo se presenta a sí mismo con orgullo en Hechos 22:

«Yo de cierto soy Judío, nacido en Tarso de Cilicia, mas criado en esta ciudad a los pies de Gamaliel, enseñado conforme a la verdad de la ley de la patria, celoso de Dios, como todos vosotros sois hoy.»

Tarso era una ciudad griega y culta; Jerusalén, la escuela del gran rabino Gamaliel. Pablo creció entre los dos mundos: judío de la tribu de Benjamín, «Hebreo de Hebreos; cuanto a la ley, Fariseo» (Filipenses 3:5), y a la vez ciudadano romano. Se ganaba la vida fabricando tiendas (Hechos 18).

El perseguidor de la Iglesia

La primera vez que aparece en la Biblia es en un momento terrible: la muerte de Esteban, el primer mártir.

«Y echándolo fuera de la ciudad, le apedreaban: y los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un mancebo que se llamaba Saulo.»

Hechos 8 añade: «Y SAULO consentía en su muerte.» Convencido de que defendía a Dios, entraba en las casas y arrastraba a los creyentes a la cárcel. Años después confesaría con dolor: «perseguí la iglesia de Dios» (1 Corintios 15:9).

El camino de Damasco

Todo cambió en Hechos 9, cuando iba a Damasco con cartas para arrestar cristianos:

«Y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?»

«¿Quién eres, Señor?», preguntó. «Yo soy Jesús a quien tú persigues». Esa respuesta encierra toda una teología: quien toca a la Iglesia toca a Cristo. Pablo quedó ciego tres días. Dios envió a un discípulo asustado, Ananías, diciéndole que aquel perseguidor era «instrumento escogido» para llevar su nombre «en presencia de los Gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel». Cuando Ananías le impuso las manos, «le cayeron de los ojos como escamas», y fue bautizado. La Iglesia celebra la Conversión de san Pablo el 25 de enero.

Los años escondidos y Bernabé

Pablo no empezó enseguida sus grandes viajes. Pasó un tiempo en Arabia y en Damasco (Gálatas 1), y cuando llegó a Jerusalén los discípulos le tenían miedo. Fue Bernabé quien confió en él y lo presentó a los apóstoles. Más tarde lo buscó en Tarso para trabajar juntos en Antioquía, donde por primera vez llamaron cristianos a los discípulos (Hechos 11). Allí el Espíritu Santo habló a la comunidad:

«Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra para la cual los he llamado.»

Desde ese momento (Hechos 13) el relato lo llama con su nombre romano: «Saulo, que también es Pablo».

Los viajes misioneros

Los Hechos de los Apóstoles narran tres grandes viajes. En el primero (Hechos 13-14) recorre Chipre y el sur de Asia Menor. Luego, en el concilio de Jerusalén (Hechos 15), defiende que los paganos no necesitan hacerse judíos para seguir a Cristo, una decisión que cambió la historia de la Iglesia.

En el segundo viaje cruza a Europa. En Filipos, él y Silas son azotados y encarcelados, y en Hechos 16 ocurre una de las escenas más luminosas del libro:

«Mas a media noche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios: y los que estaban presos los oían.»

Un terremoto abre las puertas, y el carcelero, a punto de quitarse la vida, pregunta qué debe hacer para ser salvo: «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú, y tu casa.» En Atenas, Pablo habla en el Areópago del altar dedicado «AL DIOS NO CONOCIDO» (Hechos 17). En Corinto y en Éfeso pasa años formando comunidades. El precio fue altísimo; él mismo lo enumera en 2 Corintios 11: azotes, un apedreamiento, «tres veces he padecido naufragio», hambre, frío y peligros sin cuento.

Sus cartas

Mientras viajaba, Pablo escribía a sus comunidades. De esas cartas vienen algunas de las páginas más amadas de la Biblia: el himno a la caridad de 1 Corintios 13, la certeza de Romanos 8 de que nada «nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro», o la confianza de Filipenses 4: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.» En Gálatas resume su vida entera:

«Con Cristo estoy juntamente crucificado, y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí:»

Prisionero hasta Roma

Al volver a Jerusalén fue arrestado en el templo (Hechos 21). Pasó dos años preso en Cesarea y, como ciudadano romano, apeló al César. El viaje a Roma terminó en naufragio frente a Malta (Hechos 27-28). Los Hechos concluyen con Pablo en Roma, bajo custodia pero libre para hablar:

«Predicando el reino de Dios y enseñando lo que es del Señor Jesucristo con toda libertad, sin impedimento.»

La muerte de san Pablo

La Biblia no cuenta cómo murió, pero en su última carta se despide de Timoteo sabiendo que el final está cerca:

«He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.»

La tradición antigua, recogida ya por san Clemente de Roma a finales del siglo I y después por Eusebio, afirma que fue decapitado en Roma bajo Nerón, hacia el año 67. Su tumba se venera en la basílica de San Pablo Extramuros, y la Iglesia lo celebra junto a san Pedro el 29 de junio: las dos columnas de la Iglesia de Roma.

Lo que su vida nos enseña hoy

Pablo nos enseña que nadie está demasiado lejos de Dios. El hombre que guardaba la ropa de quienes mataban a Esteban acabó dando la vida por el mismo Señor. Nos enseña también que la gracia actúa en la debilidad: cuando pidió ser librado de aquel aguijón en la carne que lo atormentaba, escuchó «Bástate mi gracia; porque mi potencia en la flaqueza se perfecciona» (2 Corintios 12:9). Y nos recuerda que la fe se comparte: Pablo no se guardó el Evangelio, lo llevó a cada ciudad, a cada cárcel, a cada barco. San Juan Crisóstomo decía que el corazón de Pablo era el corazón de Cristo.

Para conocerlo de primera mano, lee los Hechos de los Apóstoles y después una de sus cartas, por ejemplo Romanos 8. Ahí escucharás a un hombre que un día cayó a tierra en el camino de Damasco y se levantó sabiendo que «para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia».