Isaías fue un profeta de Jerusalén, hijo de Amoz, que habló en nombre de Dios al reino de Judá durante unos cuarenta años, en la segunda mitad del siglo VIII antes de Cristo. Es el primero de los profetas mayores y uno de los más citados en el Nuevo Testamento, porque anunció al Emmanuel nacido de una virgen, al Príncipe de paz y al Siervo que sufre por los pecados de otros. Para los cristianos, pocas páginas del Antiguo Testamento hablan de Jesús con tanta claridad.
Un profeta de la ciudad y del palacio
El libro se abre situándolo en la historia:
«Vision de Isaías hijo de Amoz, la cual vio sobre Judá y Jerusalem, en días de Uzzías, Jotham, Achâz y Ezechîas, reyes de Judá.»
A diferencia de Amós, que era pastor, Isaías parece un hombre de Jerusalén con acceso a la corte: habla con reyes, conoce a sacerdotes y escribas, y su lenguaje es de una belleza poética extraordinaria. Estaba casado con una mujer a la que llama «la profetisa» (Isaías 8:3), y puso a sus hijos nombres que eran mensajes: Sear-jasub, que significa un resto volverá (Isaías 7:3), y Maher-salal-hash-baz, pronto al saqueo (Isaías 8:3). Su propia familia se convirtió en una señal para el pueblo.
Sus primeros capítulos denuncian una religión de apariencias: sacrificios sin justicia, fiestas sin misericordia. Pero incluso ahí asoma la ternura de Dios: «si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos» (Isaías 1:18). En el capítulo 5 canta la parábola de la viña, el pueblo amado que no dio el fruto esperado.
«Heme aquí, envíame a mí» (Isaías 6)
El centro de su vida es la visión del templo. Isaías la fecha con precisión:
«En el año que murió el rey Uzzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas henchían el templo.»
Los serafines claman: «Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos: toda la tierra está llena de su gloria.» Es el himno que la Iglesia repite en cada Misa en el Sanctus. Ante esa santidad, Isaías no se siente importante, sino perdido: «¡Ay de mí! que soy muerto; que siendo hombre inmundo de labios» Un serafín toca sus labios con un carbón encendido del altar, y su culpa es quitada. Solo entonces escucha la pregunta de Dios y responde:
«¿A quién enviaré, y quién nos irá? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí.»
El Emmanuel y el Príncipe de paz (Isaías 7—9)
Hacia el año 735 a. C., Judá temblaba ante la alianza de Siria e Israel. Isaías sale al encuentro del rey Acaz y le pide que confíe en Dios en lugar de buscar la protección de Asiria. Acaz no quiere pedir una señal, y el profeta se la da de parte de Dios:
«Por tanto el mismo Señor os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y parirá hijo, y llamará su nombre Emmanuel.»
Siglos después, Mateo verá en estas palabras el anuncio del nacimiento de Jesús de la Virgen María (Mateo 1:23). Poco después, Isaías canta a un niño rey: «Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado… y llamaráse su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz» (Isaías 9:6). La liturgia de Navidad ha hecho suyas estas palabras.
Tres años descalzo (Isaías 20)
Isaías no solo habló: también predicó con gestos. Cuando Judá se sentía tentado a confiar en Egipto contra Asiria, Dios le pidió andar «desnudo y descalzo tres años», vestido como un cautivo, como señal de que Egipto sería llevado al destierro (Isaías 20:2-3). Era una manera dura y visible de decir: no pongáis vuestra esperanza en los poderosos.
Junto al rey Ezequías (2 Reyes 19—20)
Isaías vivió de cerca los años más dramáticos del reinado de Ezequías, narrados en 2 Reyes 18—20 y en Isaías 36—39. Cuando el ejército asirio de Senaquerib rodeó Jerusalén hacia el 701 a. C., el rey se vistió de saco y mandó pedir la oración del profeta. Isaías respondió: «No temas por las palabras que has oído» (2 Reyes 19:6). La ciudad fue librada.
Más tarde Ezequías enfermó de muerte. Isaías le anunció que moriría, pero el rey lloró y oró, y antes de que el profeta saliera del patio, Dios lo hizo volver con otro mensaje:
«Yo he oído tu oración, y he visto tus lágrimas: he aquí yo te sano»
Pocas escenas muestran mejor que un profeta no es un adivino, sino un servidor de un Dios que escucha.
El libro de la consolación (Isaías 40—55)
A partir del capítulo 40 el tono cambia. El horizonte ya es el exilio en Babilonia, y la palabra dominante es consuelo: «Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios.» Aquí está la voz que clama en el desierto, que los evangelios aplican a Juan el Bautista, y la promesa que tantos han rezado en su cansancio: «Mas los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán las alas como águilas». Aquí también Dios se compara a una madre que no puede olvidar a su hijo: «Aunque se olviden ellas, yo no me olvidaré de ti» (Isaías 49:15).
Muchos estudiosos piensan que estos capítulos fueron escritos por discípulos del profeta durante el exilio; la tradición los atribuye a Isaías mismo. En cualquier caso, forman parte del mismo libro y prolongan su mensaje.
El Siervo sufriente (Isaías 53)
La cumbre del libro es el cuarto canto del Siervo, en Isaías 53, que la Iglesia proclama cada Viernes Santo:
«Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados: el castigo de nuestra paz sobre él; y por su llaga fuimos nosotros curados.»
Cuando el eunuco etíope leía este pasaje en su carro, Felipe le preguntó: «¿entiendes lo que lees?», y desde esa Escritura «le anunció el evangelio de Jesús» (Hechos 8:30-35). Y el mismo Jesús, en la sinagoga de Nazaret, leyó Isaías 61 y dijo: «Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos» (Lucas 4:21).
Su muerte según la tradición
La Biblia no cuenta cómo murió Isaías. Una tradición judía antigua, recogida en el Talmud y en la Ascensión de Isaías, afirma que fue martirizado bajo el rey Manasés, aserrado por la mitad. Muchos Padres de la Iglesia relacionaron con él las palabras de Hebreos 11:37 sobre los creyentes que fueron «aserrados». Es una tradición venerable, aunque no podemos confirmarla. La Iglesia lo venera como santo profeta, y san Jerónimo decía que más que profeta había que llamarlo evangelista.
Lo que su vida nos enseña hoy
Isaías nos enseña que toda misión empieza en la adoración: primero vio la santidad de Dios, después reconoció su propio pecado, y solo entonces dijo «envíame». Nos recuerda que la fe no consiste en buscar seguridades humanas, sino en confiar en Dios cuando todo tiembla. Y nos muestra que el juicio de Dios nunca es su última palabra: detrás de cada denuncia hay una promesa de consuelo, y detrás de todas las promesas está el rostro de Cristo, el Siervo herido por nosotros.
Si quieres conocer mejor al profeta, lee el libro de Isaías en nuestra web, empezando por los capítulos 6, 40 y 53. Y la próxima vez que cantes el «Santo, santo, santo» en Misa, recuerda que estás repitiendo el himno que Isaías escuchó en el templo.