Hay una foto de Chiara Corbella que da la vuelta al mundo cada tanto. Está en una cama, con un parche en el ojo, muy delgada, y sonríe. No es una sonrisa de foto. Es la sonrisa de alguien que sabe algo que nosotros no sabemos. Murió unos días después, el 13 de junio de 2012, a los 28 años. Y esa sonrisa es, quizá, la razón por la que la Iglesia está estudiando si fue santa.

Esta no es una historia fácil. No tiene curación milagrosa al final. Tiene algo más difícil de explicar: una mujer joven que atravesó tres duelos seguidos y salió del último diciendo que la cruz era dulce.

Asís, 2008

Chiara y Enrico se conocieron en Medjugorje, se enamoraron, se dejaron, volvieron. Se casaron en Asís el 21 de septiembre de 2008; ella tenía 24 años. Eran una pareja normal de Roma: una violinista, un joven trabajador, muchos amigos, ganas de tener hijos. Pronto Chiara quedó embarazada.

En la ecografía llegó la primera noticia. La niña tenía anencefalia: no le había crecido el cerebro. No sobreviviría al nacimiento. Los médicos propusieron interrumpir el embarazo. Chiara y Enrico dijeron que no. Que si su hija iba a vivir media hora, la iban a acompañar esa media hora.

Maria Grazia Letizia nació en junio de 2009, la bautizaron y murió en brazos de sus padres treinta minutos después.

«Cubrísteme en el vientre de mi madre. […] No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado.» (Salmo 139:13, 15)

Otra vez

Chiara volvió a quedar embarazada. Y otra vez la ecografía trajo un diagnóstico imposible: el niño no tenía piernas y sus órganos internos estaban gravemente malformados. Otra vez la propuesta de abortar. Otra vez el no.

Davide Giovanni nació en junio de 2010. Lo bautizaron. Vivió poco más de media hora.

Cualquiera entendería que ese matrimonio se hubiera roto, o que Chiara hubiera cerrado la puerta a Dios. Pasó lo contrario. Ella diría más tarde que sus dos hijos le habían enseñado que «la vida no se mide por lo que dura, sino por el amor que contiene». Lo decía sin dramatismo, como quien describe el clima.

Francesco

El tercer embarazo fue distinto. El bebé, esta vez, estaba perfectamente sano. Fue Chiara quien no lo estaba. Una lesión en la lengua resultó ser un carcinoma.

Los médicos le explicaron las opciones. Una primera cirugía se podía hacer estando embarazada. Pero el resto del tratamiento —quimioterapia, radioterapia— pondría en peligro al niño. Chiara decidió esperar. Que Francesco naciera primero. Después, ella.

Francesco nació el 30 de mayo de 2011, sano. Chiara empezó el tratamiento. Era demasiado tarde: el cáncer se había extendido. Le quedaba un año.

«Nadie tiene mayor amor que este, que ponga alguno su vida por sus amigos.» (Juan 15:13)

Hay que decirlo con cuidado, porque Chiara misma lo decía con cuidado: ella no buscó morir. Quería vivir, quería criar a su hijo, quería envejecer con Enrico. Simplemente se negó a comprar su vida con la de otro. Y cuando quedó claro que el precio era el que era, lo pagó sin amargura.

«Es dulce»

Los últimos meses fueron duros: perdió la vista de un ojo, apenas podía comer, el dolor era constante. Y sin embargo, quienes la visitaban salían de la habitación más consolados de lo que entraban. Su marido cuenta que una noche, ya muy cerca del final, le preguntó: «Chiara, ¿es verdad que el yugo es suave y la carga ligera, como dice Jesús?». Y ella, casi sin voz, le respondió: «Sí, Enrico, es muy dulce».

Antes de morir escribió una carta a Francesco, para que la leyera cuando fuera mayor. Le decía que el sentido de la vida es amar y ser amados, y le pedía que no tuviera miedo, porque ella se había dado cuenta de una cosa: «Hemos nacido y no moriremos nunca más».

Eso no es resignación. Es exactamente lo que Jesús le dijo a Marta junto a la tumba de su hermano:

«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.» (Juan 11:25)

Chiara murió el 13 de junio de 2012, en su casa, con Enrico y Francesco al lado. Al funeral fueron miles de personas que nunca la habían conocido.

Camino a los altares

En 2018, la diócesis de Roma abrió oficialmente su causa de beatificación y la declaró Sierva de Dios. En junio de 2024 se cerró la investigación diocesana y el expediente pasó al Vaticano. Su marido, Enrico, sigue hablando de ella por todo el mundo, y en 2026 insistía en algo importante: que a Chiara no se la use como bandera de nada. «Cristo era el motor de todo», dice. No fue una mujer valiente; fue una mujer sostenida.

«Bástate mi gracia; porque mi potencia en la flaqueza se perfecciona.» (2 Corintios 12:9)

Lo que Chiara te deja

Quizá tú estás en un valle de sombra ahora mismo: una pérdida, un diagnóstico, un miedo que no se va. La historia de Chiara no promete que el valle se acabe pronto. Promete otra cosa, que ella comprobó tres veces: que en el fondo del valle hay Alguien, y que se puede atravesar sin dejar de amar.

Chiara no era una heroína de película. Lloró, tuvo miedo, se enojó. Pero cada vez volvió a la misma decisión: amar a la persona que tenía delante, aunque fuera media hora, aunque costara la vida. Y descubrió que eso, precisamente eso, no muere.

Una oración para hoy: Señor, cuando llegue mi valle, dame lo que le diste a Chiara: no fuerzas, sino a ti.


Fuentes: chiaracorbellapetrillo.org — biografía oficial · El Debate — cierre de la fase diocesana, junio de 2024 · Desde la Fe — ¿quién es Chiara Corbella? · InfoVaticana, septiembre de 2026 — Enrico Petrillo: «Cristo era el motor de todo»