Nicodemo fue un fariseo y miembro del Sanedrín de Jerusalén que fue a ver a Jesús de noche para hablar con él, y que escuchó de sus labios las palabras «de tal manera amó Dios al mundo». Aparece solo en el Evangelio de Juan, en tres escenas que dibujan un camino de fe: de la curiosidad en la oscuridad a la valentía a plena luz, cuando ayudó a sepultar el cuerpo de Jesús. Es el patrono de todos los que buscan a Dios poco a poco.
Un maestro de Israel
Juan lo presenta con pocas palabras:
«Y HABIA un hombre de los Fariseos que se llamaba Nicodemo, príncipe de los Judíos.»
Era, por tanto, un fariseo, un hombre estudioso de la Ley y cuidadoso en su práctica, y un «príncipe», es decir, miembro del Sanedrín, el tribunal supremo del pueblo judío. Jesús lo llamará «el maestro de Israel». Por la cantidad de mirra y áloe que trajo al final, se deduce que era un hombre rico. Su nombre es griego y significa algo así como vencedor del pueblo.
Una visita de noche (Juan 3)
El encuentro que lo hizo famoso se cuenta en Juan 3:
«Este vino a Jesús de noche, y díjole: Rabbí, sabemos que has venido de Dios por maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no fuere Dios con él.»
¿Por qué de noche? Quizá por miedo a lo que dirían sus colegas; quizá porque los rabinos solían estudiar y discutir la Ley por la noche, con calma. En el Evangelio de Juan, la noche tiene además un sentido simbólico: es el lugar de quien todavía no ha visto la luz. Nicodemo viene de las sombras hacia la luz verdadera que Juan anunció en el prólogo.
Empieza con respeto: llama «Rabbí» a un predicador sin estudios oficiales y reconoce que Dios está con él. Pero Jesús no se queda en los cumplidos y va directamente al fondo:
«De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios.»
«¿Cómo puede el hombre nacer siendo viejo?»
Nicodemo entiende las palabras al pie de la letra y responde con una pregunta sincera, casi de hombre cansado: «¿Cómo puede el hombre nacer siendo viejo? ¿puede entrar otra vez en el vientre de su madre, y nacer?»
Jesús le explica que no habla de un segundo nacimiento biológico, sino de uno que viene de Dios:
«De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.»
Y le da una imagen: «El viento de donde quiere sopla, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde vaya». Así actúa el Espíritu. Los Padres de la Iglesia y la tradición católica han leído estas palabras como una referencia al bautismo, y el Catecismo las cita al hablar de este sacramento. Muchos cristianos evangélicos subrayan en ellas la necesidad de una conversión personal, de nacer de nuevo. Ambas lecturas coinciden en lo esencial: la vida nueva es un don de Dios, no un logro humano. Jesús evoca también las promesas de los profetas, como el corazón nuevo y el espíritu nuevo anunciados por Ezequiel.
Nicodemo, desconcertado, pregunta: «¿Cómo puede esto hacerse?» Y Jesús, con una ironía suave, le responde: «¿Tú eres el maestro de Israel, y no sabes esto?»
«De tal manera amó Dios al mundo»
Entonces Jesús le revela el centro de todo. Le recuerda la serpiente de bronce que Moisés levantó en el desierto (Números 21) y le dice que así «es necesario que el Hijo del hombre sea levantado». Y a este hombre que había venido de noche le confía el versículo más citado de la Biblia:
«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.»
El evangelio no nos dice cómo terminó la conversación, ni qué respondió Nicodemo. Se queda abierta, como una semilla.
Una voz en el Sanedrín (Juan 7)
Volvemos a encontrarlo meses después, en Jerusalén, durante la fiesta de las Tiendas. Los guardias enviados a arrestar a Jesús vuelven con las manos vacías, diciendo: «Nunca ha hablado hombre así como este hombre.» Los fariseos se burlan: «¿Ha creído en él alguno de los príncipes, o de los Fariseos?» Y justo entonces habla uno de ellos:
«Díceles Nicodemo (el que vino a él de noche, el cual era uno de ellos): ¿Juzga nuestra ley a hombre, si primero no oyere de él, y entendiere lo que ha hecho?»
No es todavía una confesión de fe, pero sí un gesto de justicia, y le cuesta el desprecio de sus compañeros: «¿Eres tú también Galileo?» La semilla de aquella noche está creciendo.
Junto a la cruz, a plena luz (Juan 19)
La última vez que aparece es la más conmovedora. Jesús ha muerto; casi todos los discípulos han huido. José de Arimatea, discípulo «secreto por miedo de los Judíos», pide a Pilato el cuerpo. Y entonces:
«Y vino también Nicodemo, el que antes había venido a Jesús de noche, trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras.»
Cien libras —unos treinta kilos— era una cantidad digna de la sepultura de un rey. El hombre que había venido de noche se deja ver ahora a la luz del día, junto al cuerpo de un condenado, cuando seguir a Jesús ya no ofrecía nada. Envolvieron el cuerpo «en lienzos con especias, como es costumbre de los Judíos sepultar». El arte cristiano lo ha representado muchas veces en el Descendimiento, como en la Piedad de Florencia de Miguel Ángel, donde la figura que sostiene a Cristo, identificada tradicionalmente con Nicodemo, tendría el rostro del propio artista.
Lo que la tradición cuenta de él
La Biblia no dice nada más de Nicodemo. Tradiciones posteriores cuentan que recibió el bautismo, que fue expulsado del Sanedrín por su fe y que lo protegió Gamaliel. Un relato del siglo V afirma que en el año 415 se hallaron sus restos junto a los de san Esteban y Gamaliel. Existe también un escrito apócrifo, el Evangelio de Nicodemo, que no forma parte de la Escritura. La Iglesia lo venera como santo junto a José de Arimatea.
Lo que su vida nos enseña hoy
Nicodemo nos enseña que la fe muchas veces es un camino y no un instante. Se puede empezar de noche, con preguntas y con miedo, y Jesús no rechaza a quien viene así: le dedica tiempo y le abre su corazón. Nos recuerda que nunca somos demasiado mayores ni demasiado sabios para nacer de nuevo. Y nos invita a dar el último paso que él dio: dejar de ser discípulos a escondidas y mostrar nuestro amor a Cristo a plena luz, sobre todo cuando cuesta.
Te invitamos a leer despacio Juan 3 en nuestra web, y a hacer como Nicodemo: acercarte a Jesús con tus preguntas, aunque sea de noche.