Ezequiel fue un sacerdote de Jerusalén deportado a Babilonia en el año 597 antes de Cristo, que allí, entre los desterrados, fue llamado por Dios a ser profeta durante unos veinte años. Anunció primero la caída de Jerusalén y después su restauración, con imágenes inolvidables: la gloria de Dios sobre un carro de fuego, el pastor que busca a sus ovejas, el corazón nuevo y el valle de los huesos secos. Es el profeta de la esperanza cuando todo parece perdido.

Un sacerdote en el destierro

Ezequiel pertenecía a una familia sacerdotal y debía haber servido en el templo de Jerusalén. Pero en el año 597 a. C. Nabucodonosor se llevó cautivos al rey Joaquín y a muchos notables del pueblo, como cuenta 2 Reyes 24. Entre ellos estaba Ezequiel. Vivió en Tel-abib, junto al río Quebar, un canal cerca de Babilonia (Ezequiel 3:15). Era contemporáneo de Jeremías, que seguía predicando en Jerusalén, y de Daniel, que servía en la corte.

Los cielos se abrieron (Ezequiel 1—3)

Cinco años después de la deportación, lejos del templo, Dios se le manifestó:

«Y FUÉ que a los treinta años, en el mes cuarto, a cinco del mes, estando yo en medio de los trasportados junto al río de Chebar, los cielos se abrieron, y vi visiones de Dios.»

Muchos piensan que esos «treinta años» son la edad del propio Ezequiel, la edad en que un sacerdote empezaba su servicio. En lugar de entrar al templo, Ezequiel ve la gloria de Dios en tierra extranjera: seres vivientes con cuatro rostros, ruedas llenas de ojos y un trono como de zafiro. La visión termina así: «Esta fue la visión de la semejanza de la gloria de Jehová. Y luego que yo la hube visto, caí sobre mi rostro». Es un mensaje enorme para los desterrados: Dios no se quedó encerrado en Jerusalén.

Dios lo llama «Hijo del hombre» —más de noventa veces en el libro— y lo envía a un pueblo difícil:

«Hijo del hombre, yo te envío a los hijos de Israel, a gentes rebeldes que se rebelaron contra mí»

Y le da un oficio concreto: «yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel» (Ezequiel 3:17). Como el centinela en la muralla, su deber era avisar; la respuesta dependía de cada uno.

Profecías en forma de gestos (Ezequiel 4—5)

Ezequiel predicó más con el cuerpo que ningún otro profeta. Dios le mandó dibujar Jerusalén sobre un adobe y ponerle cerco como a una ciudad sitiada (Ezequiel 4:1-3), acostarse muchos días sobre un costado cargando simbólicamente el pecado del pueblo, comer pan racionado y afeitarse la cabeza y la barba para dividir el pelo en tres partes. Eran parábolas vivientes para un pueblo que ya no escuchaba palabras.

La gloria abandona el templo (Ezequiel 8—11)

En una visión, el espíritu lo levanta y lo lleva a Jerusalén (Ezequiel 8:3). Allí ve la idolatría practicada dentro del mismo templo, y después contempla lo más terrible que podía ver un sacerdote:

«Y la gloria de Jehová se salió de sobre el umbral de la casa, y paró sobre los querubines.»

Dios no abandona a su pueblo por capricho: es el pueblo el que lo ha expulsado de su casa. Aun así, en esos mismos capítulos Dios promete a los desterrados que les será «por un pequeño santuario en las tierras a donde llegaren» (Ezequiel 11:16).

«¿Por qué moriréis?» (Ezequiel 18)

Los desterrados repetían un refrán: los padres comieron las uvas agrias y los hijos sufren la dentera. Ezequiel responde que cada persona es responsable ante Dios, y que nadie está condenado a repetir la historia de sus padres. El capítulo termina con una súplica de Dios mismo:

«Que no quiero la muerte del que muere, dice el Señor Jehová, convertíos pues, y viviréis.»

La muerte de su esposa (Ezequiel 24)

El episodio más doloroso de su vida es también uno de los más breves. Dios le anuncia que le quitará «el deseo de tus ojos», su esposa, y le manda no hacer luto público. Ezequiel lo cuenta con una sobriedad que estremece:

«Y hablé al pueblo por la mañana, y a la tarde murió mi mujer: y a la mañana hice como me fue mandado.»

Su silencio fue una señal: cuando cayera Jerusalén, el dolor del pueblo sería tan grande que no habría palabras. Poco después llegó la noticia: la ciudad había caído (Ezequiel 33:21).

El pastor, el corazón nuevo y los huesos secos (Ezequiel 34—37)

A partir de la caída, el mensaje de Ezequiel se vuelve consuelo. Frente a los malos pastores que se apacentaban a sí mismos, Dios promete: «He aquí, yo, yo requeriré mis ovejas, y las reconoceré» (Ezequiel 34:11), la misma imagen que Jesús asumirá como el Buen Pastor y que resuena en el Salmo 23.

Luego viene la gran promesa de la nueva alianza:

«Y os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré corazón de carne.»

Y en el capítulo 37, la visión más famosa. Dios lo lleva a un campo lleno de huesos secos y le pregunta: «Hijo del hombre, ¿vivirán estos huesos?» Ezequiel responde con humildad: «Señor Jehová, tú lo sabes.» Profetiza, los huesos se juntan, y cuando sopla el espíritu, «vivieron, y estuvieron sobre sus pies, un ejército grande en extremo». Jesús hablará a Nicodemo de nacer del agua y del Espíritu (Juan 3), y muchos Padres de la Iglesia leyeron esta visión como anuncio del bautismo y de la resurrección.

El templo nuevo y el río de vida (Ezequiel 40—48)

El libro termina con la visión de un templo restaurado. Del umbral brota un río: «he aquí aguas que salían de debajo del umbral de la casa hacia el oriente» (Ezequiel 47:1), que se hace cada vez más profundo y da vida a todo lo que toca. La liturgia pascual canta este texto en el Vidi aquam, y el Apocalipsis lo retoma en su río de agua de vida. La ciudad recibe al final un nombre nuevo: «Jehová SHAMMA», «el Señor está allí».

La Biblia no cuenta cómo murió Ezequiel. Su última profecía fechada es de hacia el 571 a. C., y una antigua tradición lo sitúa enterrado en Al-Kifl, en el actual Irak. La Iglesia lo venera como santo profeta.

Lo que su vida nos enseña hoy

Ezequiel nos enseña que Dios no está atado a un lugar: su gloria llega hasta el destierro, hasta el lugar donde creemos que ya no nos encuentra. Nos recuerda que cada uno responde de su propia vida y que nunca es tarde para convertirse, porque Dios no quiere la muerte de nadie. Y nos regala una esperanza para los momentos en que nos sentimos como huesos secos: el mismo Espíritu que levantó un ejército en aquel valle puede darnos un corazón de carne.

Te invitamos a leer el libro de Ezequiel en nuestra web, empezando por los capítulos 36 y 37, y a pedir con él ese corazón nuevo que solo Dios puede dar.