Mateo fue uno de los doce apóstoles de Jesús: un recaudador de impuestos de Galilea, despreciado por su pueblo, al que Jesús llamó con una sola palabra, «Sígueme». La tradición de la Iglesia le atribuye el primero de los cuatro evangelios, el que abre el Nuevo Testamento. Su vida es la prueba de que nadie está demasiado lejos para ser llamado por Cristo.

Un publicano en Cafarnaún

En tiempos de Jesús, los publicanos cobraban impuestos y peajes para Roma o para Herodes Antipas. Muchos se enriquecían cobrando de más, y todos trataban con paganos. Para un judío piadoso eran traidores y pecadores públicos, y los evangelios los nombran a menudo junto a los pecadores y las prostitutas. Mateo trabajaba probablemente en Cafarnaún, un paso comercial junto al mar de Galilea, donde Jesús vivía y predicaba.

Los evangelios de Marcos y Lucas lo llaman Leví, y Marcos añade que era «hijo de Alfeo» (Marcos 2:14). Su nombre hebreo, Mattityahu, significa don de Dios. Nada en su oficio parecía un don.

«Sígueme» (Mateo 9:9)

El relato de su llamada es de una brevedad asombrosa:

«Y pasando Jesús de allí, vio a un hombre que estaba sentado al banco de los públicos tributos, el cual se llamaba Mateo; y dícele: Sígueme. Y se levantó, y le siguió.»

No hay discurso ni condiciones. Jesús vio, llamó, y Mateo se levantó. Lucas subraya el precio de esa decisión: «Y dejadas todas las cosas, levantándose, le siguió» (Lucas 5:28). Un pescador podía volver a su barca; un publicano que abandonaba su puesto no recuperaba fácilmente su oficio.

San Beda el Venerable comentó esta escena diciendo que Jesús miró a Mateo miserando atque eligendo: con misericordia y eligiéndolo. El papa Francisco tomó esas palabras como lema, y contaba que a menudo iba a rezar ante La vocación de san Mateo de Caravaggio, en la iglesia de San Luis de los Franceses de Roma, donde un rayo de luz entra en la sala oscura de los recaudadores siguiendo el dedo de Cristo.

Un banquete con pecadores (Mateo 9:10-13)

Lo primero que hizo Mateo fue celebrar. «E hizo Leví gran banquete en su casa», cuenta Lucas 5:29, e invitó a sus antiguos colegas. Los fariseos se escandalizaron:

«¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?»

La respuesta de Jesús es una de las frases centrales del Evangelio:

«Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Andad pues, y aprended qué cosa es: Misericordia quiero, y no sacrificio: porque no he venido a llamar justos, sino pecadores a arrepentimiento.»

Mateo no esconde su pasado para seguir a Jesús: lo convierte en ocasión para que otros como él lo conozcan. Jesús cargará incluso con la fama de ser «amigo de publicanos y de pecadores» (Mateo 11:19).

Uno de los Doce (Mateo 10)

Mateo aparece en las cuatro listas de los apóstoles. Pero solo en la de su propio evangelio, en Mateo 10, se le añade un apellido poco honroso:

«Felipe, y Bartolomé; Tomás, y Mateo el publicano»

Muchos Padres de la Iglesia, como san Juan Crisóstomo, vieron en ese detalle la humildad del evangelista, que no quiso olvidar de dónde lo había sacado el Señor. En el mismo grupo estaba Simón el Cananita o Zelote; un antiguo colaborador de Roma y un nacionalista convivían juntos alrededor de Jesús.

Testigo de la Pascua y de Pentecostés

Mateo estuvo con Jesús durante su ministerio, vivió la huida de la Pasión y el encuentro con el Resucitado. Tras la Ascensión, Lucas lo nombra entre los once reunidos en oración en el aposento alto: «Bartolomé y Mateo, Jacobo hijo de Alfeo» (Hechos 1:13). Estaba, por tanto, entre los que recibieron el Espíritu Santo en Pentecostés. Después, la Biblia no vuelve a mencionarlo.

El Evangelio según san Mateo

Desde el siglo II, la Iglesia atribuye a Mateo el primer evangelio. Papías de Hierápolis escribió que Mateo había reunido las palabras del Señor en lengua hebrea. Muchos estudiosos piensan hoy que el texto griego que conservamos fue redactado después, hacia el año 80, por una comunidad que custodiaba su enseñanza; otros defienden una relación más directa con el apóstol. En todo caso, es el evangelio que la Iglesia ha leído y citado más a lo largo de los siglos.

Es un evangelio escrito para quienes conocían las Escrituras de Israel. Empieza con la genealogía de «Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham» y repite una y otra vez que en Jesús se cumplen los profetas. Organiza la enseñanza de Jesús en cinco grandes discursos, empezando por el Sermón del Monte, donde Jesús dice: «no he venido para abrogar, sino a cumplir» (Mateo 5:17). Y está enmarcado por una promesa: al principio, Jesús es el Emmanuel, «Con nosotros Dios» (Mateo 1:23); al final, el Resucitado se despide diciendo:

«y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»

Por la genealogía con que comienza, la tradición le dio como símbolo un hombre alado, uno de los cuatro vivientes de la visión de Ezequiel.

Su muerte según la tradición

El Nuevo Testamento no cuenta cómo murió Mateo. Las tradiciones antiguas dicen que predicó primero en Judea y después lejos, en Etiopía según unas y en Persia según otras, y que murió mártir. Sus reliquias se veneran en la catedral de Salerno. La Iglesia latina celebra su fiesta el 21 de septiembre; las Iglesias orientales, el 16 de noviembre.

Lo que su vida nos enseña hoy

Mateo nos enseña que la mirada de Jesús llega a donde nadie más mira: a la mesa de un hombre despreciado. Nos recuerda que la conversión no espera a que estemos preparados, sino que empieza cuando nos levantamos. Y nos muestra que el pasado, entregado a Cristo, puede convertirse en puente para otros: el publicano abrió su casa a los pecadores, y el evangelista abrió su evangelio a todos los pueblos, con el mandato de «id, y doctrinad a todos los Gentiles» (Mateo 28:19).

Te invitamos a leer el Evangelio de Mateo en nuestra web, empezando por el capítulo 9. Y si alguna vez piensas que tu historia te aleja de Dios, recuerda la mesa de Mateo: Jesús vino precisamente a sentarse en ella.