Pocas cosas nos cuestan tanto como perdonar. Cuando alguien nos hiere de verdad, el rencor se siente casi como justicia: como si guardarlo fuera nuestra manera de que el otro «pague». Y sin embargo, la Biblia coloca el perdón en el mismísimo centro de la fe — hasta el punto de que Jesús lo puso en la oración que enseñó a orar cada día. ¿Por qué? ¿Y qué significa realmente perdonar?

Primero, somos perdonados

El perdón cristiano no empieza en lo que hacemos, sino en lo que hemos recibido. Antes de mandarnos perdonar a nadie, la Biblia anuncia un Dios que perdona. El Salmo 103 lo canta con una imagen inolvidable: «cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones». No a medias, no a regañadientes — hasta perderlas de vista.

Y el Salmo 130, desde lo más hondo, añade una frase que sostiene toda la fe: «pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado». Entendemos el perdón cuando primero lo recibimos.

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Cómo se pide perdón: el Salmo 51

No hay mejor escuela de arrepentimiento que el Salmo 51. David lo escribió después de su peor caída, y no busca excusas: «ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia». Pide ser lavado, pide un corazón limpio, pide que Dios no le quite su presencia. Es honesto, sin dramatismo y sin autoengaño.

Si necesitas pedir perdón a Dios hoy, no hace falta un ritual complicado. La Biblia lo resume así: «si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados» (1 Juan 1:9).

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Cuántas veces perdonar

Pedro creyó que era generoso al ofrecer perdonar siete veces. Jesús le respondió: «no te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete» (Mateo 18:22). No era matemática; era una manera de decir: deja de llevar la cuenta. El que perdona contando ya no está perdonando, está aplazando el cobro.

Y para que no quedara en teoría, Jesús contó la parábola del siervo perdonado que salió a ahogar a quien le debía poco. El mensaje es incómodo y claro: hemos sido perdonados de una deuda impagable; ¿cómo aferrarnos a las pequeñas deudas de los demás?

Perdonar no es fingir que no dolió

Aquí conviene ser honestos, porque el perdón mal entendido hace daño. Perdonar no significa decir que lo que pasó no importó. No significa, necesariamente, restaurar la confianza de inmediato ni exponerse otra vez al mismo daño. No es lo mismo que la reconciliación, que requiere que la otra persona reconozca el mal y cambie.

Perdonar es otra cosa: es soltar el derecho a la venganza y entregar la justicia a Dios, que juzga mejor que nosotros. Es dejar de beber el veneno del rencor esperando que dañe al otro. Muchas veces es un proceso, no un instante — hay que decidirlo una y otra vez. Y casi siempre necesita oración.

La libertad que hay al otro lado

Jesús advirtió: «si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas» (Mateo 6:15). No porque Dios sea mezquino, sino porque un corazón cerrado al perdón se cierra también a recibirlo. El rencor termina encarcelando, sobre todo, al que lo carga.

Por eso el perdón, además de un mandato, es un regalo para nosotros mismos. Nos devuelve la libertad que el otro nos había quitado. Si hoy cargas con una herida que no te deja en paz, quizá el primer paso no sea sentir ganas de perdonar —eso rara vez llega primero—, sino decidirlo en oración y pedirle a Dios que haga en tu corazón lo que tú no puedes hacer solo.

Él sabe. Él fue quien primero perdonó lo imperdonable.