Elías fue un profeta de Israel que vivió en el siglo IX antes de Cristo, en tiempos del rey Acab y la reina Jezabel, y que defendió con valentía la fe en el único Dios cuando el pueblo se había ido tras Baal. Su historia se cuenta en 1 Reyes 17 a 2 Reyes 2, y termina de un modo único: no muere, sino que sube al cielo en un torbellino. Por eso la Biblia espera su regreso, y por eso aparece junto a Jesús en la Transfiguración.
Un profeta para tiempos oscuros
Para entender a Elías hay que conocer a su adversario. El libro de 1 Reyes dice de Acab que «hizo lo malo a los ojos de Jehová sobre todos los que fueron antes de él». Se había casado con Jezabel, princesa fenicia, que promovió el culto a Baal, dios de la tormenta y la fertilidad, y persiguió a los profetas del Señor. En ese contexto irrumpe, sin presentación previa, un hombre de Galaad:
«Entonces Elías Thisbita, que era de los moradores de Galaad, dijo a Achâb: Vive Jehová Dios de Israel, delante del cual estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra.»
Anunciar una sequía era un desafío directo a Baal: si él era el dios de la lluvia, que la hiciera caer.
Los cuervos y la viuda de Sarepta
Dios esconde a Elías junto al arroyo de Querit, y allí lo alimenta de un modo sorprendente (1 Reyes 17):
«Y los cuervos le traían pan y carne por la mañana, y pan y carne a la tarde; y bebía del arroyo.»
Cuando el arroyo se seca, Dios lo envía a Sarepta, en tierra de Sidón, la patria de Jezabel. Allí una viuda pobre está recogiendo leña para preparar la última comida para ella y su hijo. Elías le pide que primero le dé a él, con una promesa: «La tinaja de la harina no escaseará, ni se disminuirá la botija del aceite». Ella confía, y la harina y el aceite no se acaban. Más tarde el hijo de la viuda muere, y Elías clama al Señor: «y el alma del niño volvió a sus entrañas, y revivió». Jesús recordaría a esta viuda extranjera en la sinagoga de Nazaret (Lucas 4) como signo de que Dios no tiene fronteras.
El desafío del monte Carmelo
Tres años después, en 1 Reyes 18, Elías convoca al pueblo y a los profetas de Baal en el monte Carmelo. Sus primeras palabras siguen siendo una pregunta para cada generación:
«¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él.»
La prueba es sencilla: dos altares, dos novillos, y el dios que responda con fuego será el verdadero. Los profetas de Baal gritan y danzan todo el día, sin respuesta. Elías reconstruye el altar del Señor, lo empapa de agua y ora con sencillez. Entonces:
«Entonces cayó fuego de Jehová, el cual consumió el holocausto, y la leña, y las piedras, y el polvo, y aun lamió las aguas que estaban en la reguera.»
El pueblo cae rostro en tierra: «¡Jehová es el Dios! ¡Jehová es el Dios!» El capítulo termina con la muerte de los profetas de Baal, un final duro que hay que leer en su contexto histórico, y con Elías orando en la cumbre hasta que su criado ve, a la séptima vez, «una pequeña nube como la palma de la mano de un hombre». Llega la lluvia.
Bajo el enebro: el profeta agotado
Lo más humano de Elías viene justo después de su mayor triunfo. Jezabel jura matarlo, y el profeta del fuego huye al desierto (1 Reyes 19):
«Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y sentóse debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Baste ya, oh Jehová, quita mi alma; que no soy yo mejor que mis padres.»
Dios no lo regaña. Le envía un ángel que le toca y le dice: «Levántate, come». Pan, agua, sueño, y otra vez pan. La tradición cristiana ha visto en ese pan del camino una figura de la Eucaristía, alimento para quien ya no puede más.
El silbo apacible en el Horeb
Fortalecido, Elías camina cuarenta días hasta el Horeb, el monte de Dios, donde siglos antes Moisés había recibido la Ley. Allí vive uno de los encuentros más bellos de la Biblia:
«Y tras el terremoto un fuego: mas Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silvo apacible y delicado.»
El Dios que había respondido con fuego en el Carmelo se revela ahora en el silencio. Después le hace una pregunta tierna: «¿Qué haces aquí, Elías?», y le devuelve una misión, entre ellas ungir a su sucesor. Así llama a Eliseo, que estaba arando: Elías pasa junto a él y «echó sobre él su manto».
La viña de Nabot
Elías no solo defendió el culto verdadero; defendió también la justicia. En 1 Reyes 21, Jezabel hace matar a Nabot con falsos testigos para que Acab se quede con su viña. Elías sale al encuentro del rey, que lo recibe con amargura: «¿Me has hallado, enemigo mío?» El profeta no se calla: Dios ve el abuso de los poderosos contra el pobre.
El carro de fuego
El final de Elías, en 2 Reyes 2, es único en la Biblia. Camina con Eliseo, que se niega a separarse de él y le pide «las dos partes de tu espíritu», la herencia del primogénito. Entonces:
«Y aconteció que, yendo ellos hablando, he aquí, un carro de fuego con caballos de fuego apartó a los dos: y Elías subió al cielo en un torbellino.»
Eliseo grita «¡Padre mío, padre mío, carro de Israel y su gente de a caballo!» y recoge el manto que ha caído de su maestro.
Elías en el Nuevo Testamento
El Antiguo Testamento se cierra con una promesa: «He aquí, yo os envío a Elías el profeta, antes que venga el día de Jehová grande y terrible» (Malaquías 4:5). El ángel anuncia que Juan el Bautista irá «con el espíritu y virtud de Elías» (Lucas 1:17), y Jesús dice de Juan: «él es aquel Elías que había de venir» (Mateo 11:14). En la Transfiguración, «les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él» (Mateo 17:3): la Ley y los Profetas dan testimonio de Cristo. En la tradición judía, todavía hoy se reserva en la cena de Pascua una copa para Elías.
Lo que su vida nos enseña hoy
Santiago lo dice con sencillez: «Elías era hombre sujeto a semejantes pasiones que nosotros» (Santiago 5:17). No fue un superhombre. Tuvo valor en el Carmelo y miedo en el desierto, y Dios lo sostuvo en ambos. Su vida nos enseña a no claudicar entre dos pensamientos, a defender a los débiles como Nabot, a dejarnos cuidar cuando estamos agotados y, sobre todo, a buscar a Dios en el silencio. Los carmelitas, que lo veneran como padre, han hecho de ese silbo apacible una escuela de oración para toda la Iglesia.
Si quieres recorrer su historia completa, lee 1 Reyes desde el capítulo 17 y continúa en 2 Reyes. Y si hoy te sientes como Elías bajo el enebro, escucha la voz que le habló a él: levántate y come, que el camino es largo, y Dios va contigo.