Josué fue el ayudante de Moisés y su sucesor como guía del pueblo de Israel, el hombre que, tras cuarenta años en el desierto, condujo a las tribus a través del Jordán hasta la tierra prometida. Su vida se cuenta desde el libro del Éxodo hasta el final del libro que lleva su nombre. Importa porque encarna la fidelidad que no se rinde, y porque su nombre, el Señor salva, es el mismo que llevaría Jesús.

El joven al lado de Moisés

Josué aparece de repente en Éxodo 17, cuando los amalecitas atacan a Israel en el desierto. Moisés le confía el mando:

«Y dijo Moisés a Josué: Escógenos varones, y sal, pelea con Amalec: mañana yo estaré sobre la cumbre del collado, y la vara de Dios en mi mano.»

Mientras Moisés mantiene los brazos alzados en oración, sostenido por Aarón y Hur, Israel vence. Josué aprende desde el principio una lección que no olvidará: la batalla se gana en el valle, pero se decide en la oración.

Desde entonces es la sombra de Moisés. Sube con él al monte de Dios (Éxodo 24:13) y cuida la tienda del encuentro, donde el Señor hablaba con Moisés «cara a cara, como habla cualquiera a su compañero». El texto añade un detalle precioso: «mas el joven Josué, su criado, hijo de Nun, nunca se apartaba de en medio del tabernáculo» (Éxodo 33:11).

El espía que confió

En Números 13, Moisés envía doce hombres a explorar Canaán. Uno de ellos es Oseas, hijo de Nun, y en ese momento recibe su nombre definitivo: «a Oseas hijo de Nun, le puso Moisés el nombre de Josué». Los espías vuelven con frutos enormes y con miedo: las ciudades son fuertes y sus habitantes, gigantes. Diez de ellos desaniman al pueblo. Solo dos, Josué y Caleb, se atreven a hablar distinto (Números 14):

«Por tanto, no seáis rebeldes contra Jehová, ni temáis al pueblo de aquesta tierra, porque nuestro pan son: su amparo se ha apartado de ellos, y con nosotros está Jehová: no los temáis.»

El pueblo quiso apedrearlos. Por su falta de fe, aquella generación vagaría cuarenta años por el desierto; de los adultos que salieron de Egipto, solo Josué y Caleb entrarían en la tierra.

El sucesor

Al final de la vida de Moisés, Dios le indica a quién debe entregar el relevo: «Toma a Josué hijo de Nun, varón en el cual hay espíritu, y pondrás tu mano sobre él» (Números 27:18). Cuando Moisés muere, el Deuteronomio resume la transición:

«Y Josué hijo de Nun fue lleno de espíritu de sabiduría, porque Moisés había puesto sus manos sobre él: y los hijos de Israel le obedecieron, e hicieron como Jehová mandó a Moisés.»

«Esfuérzate y sé valiente»

Suceder a Moisés no era poca cosa. Por eso el libro de Josué empieza con Dios animándolo una y otra vez. En Josué 1 le promete: «como yo fui con Moisés, seré contigo; no te dejaré, ni te desampararé». Y le da la consigna que tantos creyentes han llevado en el corazón:

«Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente: no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios será contigo en donde quiera que fueres.»

Rahab y el paso del Jordán

Antes de entrar, Josué envía dos espías a Jericó, y allí una mujer inesperada, Rahab, los esconde. Ella confiesa una fe asombrosa para una cananea: «Jehová vuestro Dios es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra» (Josué 2:11). Rahab se salvará con su familia y aparecerá siglos después en la genealogía de Jesús (Mateo 1:5).

En Josué 3, el pueblo llega al Jordán en plena crecida. Cuando los sacerdotes que llevan el arca pisan el agua, el río se detiene:

«Mas los sacerdotes que llevaban el arca del pacto de Jehová, estuvieron en seco, firmes en medio del Jordán, hasta que todo el pueblo hubo acabado de pasar el Jordán; y todo Israel pasó en seco.»

Es un nuevo Mar Rojo. Los Padres de la Iglesia vieron en este paso una figura del bautismo, la puerta de entrada a la vida nueva. Poco después, junto a Jericó, Josué se encuentra con el «Príncipe del ejército de Jehová» y se postra en tierra (Josué 5:14): el verdadero jefe de Israel no es él.

Jericó y la conquista

La toma de Jericó (Josué 6) no se gana con máquinas de guerra, sino con obediencia: siete días rodeando la ciudad con el arca, en silencio, y al séptimo, las trompetas y el grito:

«y aconteció que como el pueblo hubo oído el sonido de la bocina, dio el pueblo grita con gran vocerío, y el muro cayó a plomo.»

Hebreos 11:30 lo resume: «Por fe cayeron los muros de Jericó con rodearlos siete días.» Siguen luego las campañas del sur y del norte, entre ellas la batalla de Gabaón, donde Josué pide que el sol se detenga y el texto concluye: «porque Jehová peleaba por Israel» (Josué 10:14).

Las narraciones de conquista, con su violencia, resultan duras para el lector de hoy, y conviene reconocerlo con honestidad. La Iglesia las lee a la luz de toda la Escritura y de su contexto antiguo: los Padres, como Orígenes, las entendieron sobre todo como imagen del combate espiritual contra el mal, y los estudiosos señalan que el propio libro de Jueces muestra una ocupación mucho más lenta y parcial.

El reparto de la tierra y la despedida

La segunda mitad del libro describe el reparto de la tierra entre las tribus. Al terminar, el narrador proclama la fidelidad de Dios: «No faltó palabra de todas la buenas que habló Jehová a la casa de Israel; todo se cumplió» (Josué 21:45).

Ya anciano, Josué reúne al pueblo en Siquem y le pide una decisión (Josué 24):

«escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes siervieron vuestros padres, cuando estuvieron de esotra parte del río, o a los dioses de los Amorrheos en cuya tierra habitáis: que yo y mi casa serviremos a Jehová.»

El pueblo renueva la alianza. Poco después, «murió Josué, hijo de Nun, siervo de Jehová siendo de ciento y diez años». El título que le da la Escritura al final es el mismo que había dado a Moisés: siervo del Señor.

Lo que su vida nos enseña hoy

Josué nos enseña que la grandeza se prepara en la fidelidad escondida: años al servicio de otro, cuidando la tienda del encuentro. Nos enseña a mirar los problemas con los ojos de la fe, como hizo frente a los gigantes de Canaán, y a no tener miedo cuando Dios nos confía algo más grande que nosotros. Y nos deja una pregunta para cada familia: ¿a quién servimos? Su nombre, el mismo que el de Jesús, nos recuerda que el verdadero Josué es Cristo, que nos hace pasar de la muerte a la vida.

Empieza por Josué 1 y sigue con el libro de Josué completo en nuestro sitio. Y si hoy te toca empezar algo que te da miedo, escucha las palabras que Dios le dijo a él: esfuérzate y sé valiente, porque el Señor va contigo adondequiera que vayas.