En cualquier casa de Venezuela —y en muchas de Colombia, de Miami, de Madrid— hay una estampa de un señor con bigote, sombrero negro y traje oscuro, mirando con una seriedad muy tierna. Durante más de cien años la gente le rezó, le pidió por los enfermos, le llamó «el doctor», «el hermano Gregorio», «el médico de los pobres». Y el 19 de octubre de 2025, en la Plaza de San Pedro, ante unas 55.000 personas y con la bandera venezolana ondeando por todas partes, la Iglesia le dio finalmente el nombre que el pueblo ya le daba: san José Gregorio Hernández.

Esta es la historia de un científico que quiso ser monje, de un médico que no cobraba, y de una niña a la que un disparo en la cabeza debía haber dejado inválida.

Un pueblo de montaña y un microscopio

José Gregorio nació el 26 de octubre de 1864 en Isnotú, un pueblo de los Andes venezolanos, en el estado Trujillo. Quería ser abogado; su padre lo convenció de estudiar medicina. Se graduó en Caracas y el gobierno lo envió a París a formarse con los mejores de su tiempo. Volvió con un microscopio en la maleta y con algo más raro todavía: una fe intacta.

Fundó las cátedras de bacteriología y fisiología experimental, publicó investigaciones, enseñó a generaciones de médicos. Era, sin exagerar, el científico más preparado de su país. Y todos los días, antes de ir a la universidad, iba a misa.

No veía contradicción entre las dos cosas. Para él, mirar por el microscopio y arrodillarse en la iglesia eran dos maneras de asombrarse ante el mismo Dios. Como dice el Salmo:

«¡Cuán muchas son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría: la tierra está llena de tus beneficios.» (Salmo 104:24)

El consultorio donde no se cobraba

Lo que hizo santo a José Gregorio no fue su cátedra. Fue lo que pasaba en su consultorio de Caracas.

Atendía a todos. A los que podían pagar, les cobraba. A los que no, no. Y con frecuencia, después de examinar a un enfermo pobre, escribía la receta, y le dejaba discretamente el dinero para comprar los medicamentos. Cuando la gripe española llegó a Venezuela en 1918 y la ciudad se llenó de moribundos, él recorría los barrios visitando a los enfermos casa por casa.

Los que lo conocieron decían que no hablaba mucho de religión con sus pacientes. No hacía falta. Vivía al pie de la letra la escena del juicio final en el evangelio de Mateo:

«Enfermo, y me visitasteis.» (Mateo 25:36)

«De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos pequeñitos, a mí lo hicisteis.» (Mateo 25:40)

Hay médicos buenos. José Gregorio era otra cosa: era un hombre que, en cada enfermo pobre, creía sinceramente estar tocando a Cristo. Y actuaba en consecuencia.

Dos veces quiso irse, dos veces Dios lo devolvió

Y sin embargo, lo que él deseaba era otra vida. Soñaba con el silencio de un monasterio. En 1908 dejó todo —la cátedra, los pacientes, la fama— y entró en la Cartuja de Farneta, en Italia, una de las órdenes más austeras de la Iglesia. Su salud se quebró en pocos meses. Volvió a Caracas. En 1913 lo intentó de nuevo, en Roma, y de nuevo enfermó.

Debió de ser un golpe duro. Pedía a Dios lo más santo que se le ocurría, y Dios le decía que no. Pero José Gregorio entendió el mensaje: su monasterio era el consultorio, su celda era la calle de los enfermos. Pablo tuvo que aprender lo mismo cuando pidió tres veces que le quitaran su espina:

«Bástate mi gracia; porque mi potencia en la flaqueza se perfecciona.» (2 Corintios 12:9)

A veces Dios no nos da lo que le pedimos porque ya nos dio lo que Él quería: un lugar concreto, unas personas concretas, un trabajo que solo nosotros podemos hacer.

Un 29 de junio

El 29 de junio de 1919, José Gregorio salió de una farmacia en Caracas. Según el relato que su pueblo ha conservado, llevaba medicinas para una paciente pobre. Al cruzar la calle lo atropelló uno de los pocos automóviles que había entonces en la ciudad. Murió pocas horas después. Tenía 54 años.

Caracas no había visto un funeral así. Y lo que vino después fue todavía más raro: la gente, sencillamente, no dejó de acudir a él. Cien años de estampas, de velas, de promesas cumplidas, de enfermos que aseguraban haber sanado. La Iglesia, que es lenta y prudente en estas cosas, tardó un siglo en confirmarlo.

Yaxury

El 10 de marzo de 2017, en el estado Guárico, unos asaltantes que querían robar a su padre dispararon una escopeta contra Yaxury Solórzano, una niña de diez años. Los perdigones le entraron por detrás de la oreja derecha y le atravesaron el cerebro.

La operaron. Los neurocirujanos fueron claros con la familia: si sobrevivía, quedaría con graves secuelas para siempre. La madre hizo lo que millones de madres venezolanas han hecho antes que ella: le pidió al doctor José Gregorio.

A los cuatro días, Yaxury empezó a rechazar el tubo de respiración y a reaccionar a todas las pruebas. A los veinte días salió del hospital. Caminando. Sin secuelas. Los médicos que la trataron, que no eran ninguno de ellos parte de la Iglesia, reconocieron que no tenían explicación. La comisión médica del Vaticano tampoco la encontró.

«Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará.» (Santiago 5:15)

Ese fue el milagro que lo hizo beato en 2021. Y en octubre de 2025, junto con la madre Carmen Rendiles, el papa León XIV lo proclamó santo.

Lo que el doctor te diría hoy

José Gregorio no fue mártir. No fundó nada. No escribió tratados de teología. Fue a misa, fue a trabajar, y trató a cada enfermo como si fuera Jesús. Eso es todo. Y eso, resulta, es la santidad.

Quizá tú también tienes un trabajo que parece muy lejos de Dios: una oficina, un taller, un aula, una cocina. Quizá también has pedido otra vida y Dios te ha dicho que no. El médico de los pobres te diría que mires bien a la persona que tienes delante. Porque en ella, dice Jesús, está Él.

Una oración para hoy: Señor, dame los ojos del doctor José Gregorio. Que en cada persona que me necesite hoy, sepa verte a ti.


Fuentes: CNN en Español — el papa León XIV canoniza a los primeros santos venezolanos · Conferencia Episcopal Venezolana — la canonización · El Pitazo — el milagro a Yaxury Solórzano · josegregorio.org — testimonio de Yaxury Solórzano