Abres dos Biblias, una al lado de la otra, y encuentras un libro en una que no está en la otra. No es un error de imprenta ni una página perdida: es el Libro de Baruc. Para muchos lectores esto despierta una pregunta honesta y, a veces, un poco de inquietud. ¿Por qué ese libro está aquí y no allá? La respuesta no es una conspiración ni un descuido, sino una historia larga y comprensible, que conviene mirar con calma y sin desconfianza hacia ningún hermano cristiano.

Baruc, el hombre detrás del libro

Antes que un libro, Baruc fue una persona. Lo conocemos sobre todo por el capítulo 36 del profeta Jeremías. Allí es el sofer —el escriba— que toma el dictado del profeta y escribe sus palabras en un rollo. Es un oficio antiguo y honroso: los escribas eran quienes sabían leer y escribir, quienes guardaban la memoria del pueblo. Su nombre, en hebreo Baruk, significa «bendecido».

Su fidelidad se prueba de la peor manera. Cuando el rollo llega a manos del rey Joacim, este lo corta a pedazos y lo arroja al fuego, columna por columna. Lejos de rendirse, Jeremías vuelve a dictar y Baruc vuelve a escribir, esta vez con más palabras aún.

«Y tomó Jeremías otro rollo y lo dio a Baruc hijo de Nerías escriba; y escribió en él de boca de Jeremías todas las palabras del libro que quemó en el fuego el rey Joacim.»

Ese es Baruc: el que sostiene la pluma cuando escribir la verdad puede costar la vida. Por eso, siglos después, su nombre encabeza un libro.

Qué es el Libro de Baruc

El escrito que lleva su nombre es breve. Se sitúa en el tiempo del destierro, cuando Jerusalén ha caído y el pueblo llora lejos de casa. Tiene tres tonos que se entrelazan: una confesión sincera de los pecados que llevaron al exilio, un hermoso poema en alabanza de la sabiduría que solo Dios da, y palabras de consuelo que animan a Jerusalén a levantar la cabeza porque su Dios no la ha olvidado.

Su mensaje central es de esperanza en medio del castigo: el pueblo ha fallado, pero Dios sigue siendo fiel y traerá de vuelta a los suyos. Es un tono que cualquier lector de los Salmos o de Isaías reconocerá enseguida.

La raíz de la diferencia: dos canones

Aquí está el corazón del asunto, y es más sencillo de lo que parece. En tiempos antiguos existían, a grandes rasgos, dos colecciones del Antiguo Testamento. Una es el canon hebreo, la lista de libros que el judaísmo conservó en hebreo. La otra es la Septuaginta, la traducción griega usada por los judíos de habla griega, que incluía algunos libros más — entre ellos, Baruc.

La Iglesia de los primeros siglos, que hablaba griego, leyó y amó la Septuaginta. Por eso muchos Padres de la Iglesia citan estos libros con naturalidad. Pero también hubo voces, como san Jerónimo, que distinguían entre los libros del canon hebreo y los demás, que él consideraba buenos «para edificación del pueblo», aunque no para fijar doctrina.

La Reforma y el Concilio de Trento

Durante más de mil años estos libros circularon juntos sin gran polémica. La cuestión se volvió nítida en el siglo XVI. Los reformadores, con Lutero a la cabeza, decidieron regresar al canon hebreo para el Antiguo Testamento. Lutero no eliminó estos escritos: los agrupó aparte, bajo el título de apócrifos —palabra que significa «escondidos»—, y escribió que son «libros que no se consideran iguales a las Sagradas Escrituras, y sin embargo son útiles y buenos para leer».

En respuesta, y para dar una lista firme, el Concilio de Trento definió en 1546 el canon católico, que incluye a Baruc y los demás deuterocanónicos —«del segundo canon»—. Las Iglesias ortodoxas, por su parte, conservaron también estos libros desde antiguo, con listas propias algo más amplias.

Así que la diferencia no es que unos «añadieran» o que otros «quitaran» por capricho, según se mire desde cada tradición. Es que unos siguieron el canon hebreo y otros la herencia griega de la Iglesia antigua. Ambas decisiones tienen siglos de razones detrás, y ambas se toman en serio la Palabra de Dios.

Un puente, no un muro

Vale la pena leer a Baruc sabiendo esto. Si tu Biblia lo incluye, encontrarás en él una confesión y un consuelo que apuntan, como todo el Antiguo Testamento, al Dios que restaura a su pueblo — y que en Cristo lo hace de forma definitiva. Si tu Biblia no lo trae, puedes acercarte a él con el mismo espíritu con que Lutero lo dejó impreso: un texto valioso para conocer la fe de aquel tiempo.

Sea cual sea tu tradición, la figura de Baruc nos deja una lección que nadie discute: la fidelidad callada del que escribe la verdad aunque le cueste. Mira el video de arriba para conocer más de cerca su historia, o abre Jeremías 36 y lee despacio cómo un escriba fiel sostuvo la pluma cuando el rey encendió el fuego.